Yazdegerd accedió al trono después de que su hermano, Bahram IV, fuera asesinado. En aquella época, el Imperio sasánida estaba dominado por poderosas familias nobles partas (los wuzurgan) y por el clero zoroastriano (los magos), que se habían acostumbrado a influir en los reyes o incluso a asesinarlos cuando intentaban afirmar con demasiada fuerza la autoridad central. Tres de los predecesores inmediatos de Yazdegerd habían encontrado una muerte violenta a manos de la nobleza.
Yazdegerd comenzó su reinado con fama de justo y moderado. Fuentes romanas como Procopio lo elogiaron como un gobernante de «noble carácter», un rey sabio y benévolo que defendía a los pobres.
Lo que lo distinguió fue su tolerancia religiosa en una época en la que los conflictos religiosos eran frecuentes. Mantuvo relaciones pacíficas con el Imperio romano de Oriente (Bizancio). Cuando el emperador Arcadio le pidió que actuara como tutor y protector de su joven hijo Teodosio II, Yazdegerd aceptó y contribuyó a preservar el trono romano: envió un preceptor y amenazó con declarar la guerra a cualquier usurpador. Este acto de habilidad política ayudó a mantener la paz en la frontera occidental.
Fue especialmente generoso con las minorías religiosas:
Cristianos: En el año 410 d. C., con la ayuda del obispo Maruta, promulgó un decreto (a veces denominado el «Edicto de Milán» sasánida) que permitía a los cristianos practicar su culto abiertamente, reconstruir iglesias y organizar la Iglesia del Oriente. Esto aportó estabilidad e incluso permitió integrar a dirigentes cristianos en la administración imperial.
Judíos: Trató a la comunidad judía con gran respeto. Según las fuentes, se casó con una mujer judía llamada Shushandukht, hija del Exilarca judío. Las fuentes judías lo compararon con Ciro el Grande por su benevolencia.
Esta tolerancia le valió la admiración de cristianos y judíos, que lo consideraban un protector. Sin embargo, provocó una profunda hostilidad entre el clero zoroastriano y gran parte de la nobleza, que veían cualquier desviación del predominio zoroastriano como una amenaza.
Las fuentes persas y árabes posteriores (a menudo influidas por el clero zoroastriano) ofrecieron una imagen muy distinta. Lo llamaron «el Pecador» (al-Athim o bazahgar) y lo acusaron de tiranía, arrogancia y de reprimir a nobles y sacerdotes. Se decía que había ejecutado a sacerdotes que se oponían a sus políticas y que había trabajado para limitar el poder de las grandes casas nobiliarias.
Hacia el final de su reinado, algunos cristianos, envalentonados por las libertades obtenidas, comenzaron a destruir templos del fuego y a actuar de forma provocadora. Bajo la presión del clero, Yazdegerd modificó su política y permitió una persecución limitada de los cristianos. No obstante, esta fue breve y no borró el legado de tolerancia que había construido anteriormente.
En el año 420 d. C., mientras se encontraba en el noreste del imperio (probablemente en Hircania/Gurgán o cerca de Tus), Yazdegerd murió en circunstancias sospechosas. La tradición oficial sasánida afirmaba que había sido asesinado por un misterioso caballo blanco que emergió de un manantial, lo mató de una coz y luego desapareció; el episodio fue interpretado como un castigo divino por sus «pecados». Los historiadores consideran generalmente que se trata de un mito fabricado por la nobleza para justificar su asesinato en una región apartada.
Su muerte provocó un caos inmediato. La nobleza intentó impedir que sus hijos accedieran al trono. Su hijo mayor, Shapur IV, tomó brevemente el poder, pero fue asesinado. Finalmente, otro de sus hijos, Bahram V (Bahram Gur), se apoderó del trono con la ayuda de un ejército árabe de los lájmidas y se convirtió en uno de los reyes sasánidas más célebres.
Su legado.
El reinado de Yazdegerd I es recordado como un período de renovación para el imperio, a pesar de los conflictos internos. Reforzó la autoridad real frente a la nobleza —a un gran coste personal—, promovió una relativa armonía religiosa durante gran parte de su gobierno y mantuvo la paz con Roma. Su historia pone de manifiesto la eterna tensión dentro del Imperio sasánida entre el poder central de la monarquía y la influencia de la aristocracia y del sacerdocio.
En muchos aspectos, fue un gobernante adelantado a su tiempo: tolerante, diplomático y pragmático. Sin embargo, las fuerzas conservadoras de su época acabaron derribándolo. Su nombre sobrevivió en la leyenda, tanto como «pecador» a los ojos de los zoroastrianos como protector en las tradiciones cristiana y judía.